No hay nada nuevo bajo el sol…

Estoy empezando a estudiar Eclesiastés. La razón: hace un tiempo leí un artículo sobre J. I. Packer (autor de El Conocimiento del Dios Santo) y el relataba que el libro de Eclesiastés le había traído gran sabiduría desde su juventud, a mantener sus pies sobre la tierra y sus ojos puestos en Cristo. Me atrajo muchísimo eso por el bombardeo constante y subliminal que padecemos en un mundo multi-mediático. Constantemente recibimos información por mensajería instantánea, un menú de redes sociales para todos los gustos y todo a un clic en google; aparte de lo tradicional: televisión, cine e impresos. Son flechas que no parecen flechas, no parecen amenazas, pero son efectivas para agrietar cualquier alma piadosa que no se protege con la armadura de Dios—la verdad, la justicia, el evangelio.

Abundan tantos “ismos” que nos influyen. El ideal hermoso de mejoramiento humano, realización y éxito en la vida, son adecuados para el peregrino en un contexto bíblico. Sin embargo, los términos propios que describen esos conceptos muestran el peligro del veneno más letal del enemigo—pensar que estoy lleno y por lo tanto no necesitar a Dios, a su evangelio. Hay mil colores y sabores para esta arma.

Es tan fácil caer, ser cegados, perder el oir y convertirse en fríos organismos que simplemente buscan su próximo placer. Es tan fácil ser cristianos nominales que se levantan cada día para llenar un vacío con todo y cualquier cosa excepto Dios y su evangelio para nosotros. ¿Cómo podemos protegernos contra eso? Si hay un hijo de Dios que puede tener alguna idea de la respuesta es el rey Salomón.

Mi objetivo, o tal vez es mejor dicho, mi esperanza, al sumergirme en Eclesiastés es reforzar y sellar las murallas que me pueden proteger contra un enemigo tan silencioso y letal. Busco encontrar respuestas en la sabiduría de la persona más sabia en la historia de la humanidad, un hombre que tuvo todo a sus pies, todos los deleites imaginables y riquezas insuperables. Qué tal hombre, llegue al final de su vida y exprese, “vanidad de vanidades, todo es vanidad”, despierta suma curiosidad en mí. Finalmente, el tono penitente del predicador me consuela en que el mismo Dios que restauró a Salomón también ha sido fiel y será fiel en santificarme para ser glorificado en Cristo para Dios. Les invito a tomar el reto de sumergirse en este libro también.

Primero conozcamos quién fue Salomon, para poder valorar la perla de sabiduría que encontramos en Eclesiastés.

Para eso les invito a leer I Reyes 1-11; I Crónicas 28-29; II Crónicas 1-10.

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