el anhelo de Eliú

el anhelo de Eliú

Eliú, el amigo de Job, lamenta, “sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende”. Después enumera los diversos medios de Dios  donde les señala su consejo. Tan claro es Dios que nos ha dejado un libro, que se ha preservado puro y suficiente por siglos, impreso y traducido más que cualquier escrito en la historia, para que podamos escuchar y entender su palabra. Pero el hombre no entiende…que trágico.

No es que el mensaje de Dios sea trivial. No es por eso que no le damos su atención debida. Eliú aclara que nos habla “para quitar al hombre de su obra, y apartar al varón de la soberbia. También, “detendrá su alma del sepulcro, y su vida de que perezca a espada”. Que verbos más potentes, transmiten urgencia y apremio: Quitar de su obra, apartar la soberbia, detener de que perezca.

¿Si alguien que te ama incondicionalmente te advierte de un peligro inminente—como caer en un abismo—no le pondrías atención?

Eliú con angustia exclama, si tan solo tuviera “cerca de él” un “elocuente mediador muy escogido, que anuncia al hombre su deber, que le diga que Dios tuvo de él misericordia, que lo libró de descender al sepulcro, que halló redención.”

Si tan solo… ¿Qué pasaría? “Su carne será más tierna que la del niño, volverá a los días de su juventud. Orará a Dios, y éste le amará, y verá su faz con júbilo; y restaurará al hombre su justicia”.

“El (Dios) mira sobre los hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz.”

Nos enfatiza Eliú, “he aquí, todas estas cosas hace Dios dos y tres veces con el hombre, para apartar su alma del sepulcro, para iluminarlo con la luz de los vivientes”.

Mi estimado Eliú, no hay mayor elocuencia que la que ocurrió en el calvario.

Como dice el himno,

Por mi se hizo pecado, mis culpas su amor llevó.                                                                         Murió en la cruz olvidado, mas mi alma el rescató.

¡Cuán grande amor! Oh, grande amor!                                                                                               El de Cristo para mí.                                                                                                                             ¡Cuán grande amor! Oh, cuan grande amor!                                                                                Pues por él salvado fui.

-Charles H. Gabriel, de su himno Cuan Grande Amor.

Salomon nos hace entender lo vano que es la vanidad misma, mientras que en este pasaje Eliú nos lleva a gemir por un redentor que nos haga entender el mensaje de Dios. Un mensaje hecho incomprensible por nuestra soberbia, rebeldía y perversidad.

 

Referencias

Job 33:14-30 (Reina Valera 1960)

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Vanidad de vanidades.

Vanidad de vanidades.

“Vanidad de vanidades” (Ecles. 1:2)—Henry exclama, “Esto parece decir, ¡vanidad que produce y lleva a mas vanidad!” (1710). Esta fue otra frase que motivo buscar mas a fondo su significado.

Un cristiano podría decir, “pero es obvio, tomando en cuenta la esperanza viva y la herencia incorruptible que nos espera por la eternidad, ¿Cómo no será vano todo lo que está en esta vida pasajera?”

Lo que pasa es que en Salmo 89:47-48, parece inferir que, aunque no hubiera ´vida después de la muerte´, todo sería vano. Tal vez aún más vano. Matthew Henry llego al punto de decir que no solo el abuso de las cosas del ´mundo’ son vanidad, sino también su simple uso. En conflicto con el filósofo Confucio, “la moderación es el más elevado principio de la vida”.

Sobre todo, creo que el mensaje de esa frase, “vanidad de vanidades”, es énfasis. La repetición para asegurar que resalte y capture nuestra atención distraída. En toda la Biblia, podemos ver como se usa la repetición para resaltar. Los ángeles cantan, ´santo, santo, santo´, desde la eternidad. Es más, ¿quién puede negar haber pegado con la misma piedra más de alguna vez? ¿Cuántos cristianos confiesan haber recibido corrección divina por haber cometido el mismo error más de una vez? Es énfasis en que entendamos que es de valor y lo que no es de valor para Dios, y por tanto, para nosotros.

Vanidad, vanidad y vanidad. Así empieza y así termina el sermón del predicador, de Eclesiastés. ¿Qué nos quiere comunicar el congregador?

Seguimos otro día…

Todo.

Todo.

Según los estudiosos Eclesiastes viene de la palabra hebrea Qohéleth que se entiende como “recogedor o ajuntador”, si se puede decir asi para darlo a entender. Ellos prefieren llamarlo “congregador”.
Matthew Henry explica:

El error fundamental de los hijos de los hombres, es el mismo de nuestros primeros padres, esperar ser como dioses por medio de lo que parece ser bueno para comer, placentero a los ojos, y deseable para hacerle sabio.

Un gran erudito no puede ser feliz a menos que sea un santo genuino.

El espíritu que se disipó en mil vanidades, ahora se ha recogido y hecho concentrado para centrarse en Dios.

Solo el alma recogida es un alma penitente que Dios hace que regrese de sus desviaciones, que ya no esparce su camino a los extraños (Jer. 3:13) pero es juntado para temor de Dios.

De la abundancia del corazón, habla la boca. Aquí tenemos publicadas las palabras de un predicador penitente.

Así como seguramente reunió a su pueblo para pecado y rebelión, ahora los reúne para llamarlos a restauración con su ejemplo.

El ser comisionado como predicador es en sí evidencia del perdón de Dios—su gracia y misericordia. Véase el apóstol Pedro. El penitente debe ser un predicador.

Por tanto, todos podemos ser predicadores. Debemos.

Hay dos frases que resaltan desde mi perspectiva al inicio de Eclesiastés: “todo es vanidad” y “vanidad de vanidades”. ¿Específicamente mi pregunta inicial es que es “todo”? ¿Que implica? ¿Que incluye?

Eso me lleva a un Salmo escrito por su padre, el rey David donde exclama que “todo hombre” vivo es “completa vanidad” (Salmo 29:4-8). Nos desanima de descansar (apoyarnos en) la vida misma y todo lo que incluye (“el mundo”). Escribe lo siguiente, “amontona riquezas y no sabe quién las recogerá”.

Bueno, de acuerdo. ¿Pero entonces qué? ¿No tiene la vida sentido alguno que valga?

Continua el salmo, “y ahora, Señor, ¿Qué esperare? Mi esperanza está en ti. Líbrame de mis transgresiones…”

Fascinante. Parece dirigirnos al evangelio. La historia de la Biblia, la historia de nuestra existencia: la reconciliación de Dios con y hacia el pecador.

Habiéndonos disuadido de lo que está bajo el sol, simultáneamente David nos dirige hacia el evangelio—libertad de nuestro pecado y esperanza viva en Dios. Siendo un libro que 28 veces menciona la frase “debajo del sol (cielo)”, pienso que es seguro decir que “todo” es todo lo que está bajo el cielo, en esta vida.

Es todo lo que frustra al poner nuestra confianza en ello. Todo lo que no tiene influencia o función en la relación o reconciliación del alma perdida y rebelde con Dios Santo.

Existen dos posibles respuestas hacia todo:

¿Cómo responde el pecador a todo?

Salmo 4:2—amar la vanidad.

¿Cómo responde el santo a todo?

Salmo 24:3-5—no eleva su alma a cosas vanas.

David pregunta, “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Quién estará en su lugar santo?”. A la vez responde, “el de manos limpias y puro de corazón. El que no ha elevado su alma a cosas vanas”.

Es mi oración que su respuesta a “todo”, y la mía también, sea la segunda.

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“Con su ropa hecha trapos, su cuerpo cicatrizado, moreteado y sangrando, su arpa está destruida excepto por una cuerda que permanece, ella tuvo la audacia para hacer música y alabar a Dios… Tomar esa sola cuerda y ser audaz para tener esperanza… ese es el verdadero mensaje de Dios en este pasaje y de la pintura de Watt.” Extraído de sermón de Jeremiah Wright, en 1990. De donde Barack Obama inspiró su discurso La Audacia de la Esperanza.

Esto es el todo del hombre.

Esto es el todo del hombre.

Un Sermón. Un sermón escrito es el libro de Eclesiastés. Como rey, cuantas veces reunió Salomón a su pueblo para sus discursos. Sabemos uno de esos discursos en I Reyes 8:12-66, donde pregunta retóricamente, “¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿Cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (I Reyes 4:27). Y a través del discurso Salomón presenta el templo a Dios como el lugar de encuentro con su pueblo escogido.

Salomón exclama, “tu oirás desde el cielo y actuarás, y juzgarás a tus siervos, condenando al impío y haciendo proceder sobre su cabeza, y justificando al justo para darle conforme a su justicia” (I Reyes 4:32).

Salomon exhorta a su pueblo a que “sea, pues, perfecto vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios, andando en sus estatutos y guardando sus mandamientos, como en el día de hoy” (I Reyes 4:61).

El libro de los Reyes continúa narrando que “entonces el rey, y todo Israel con él, sacrificaron victimas delante de Jehová… 22,000 bueyes y 120,000 ovejas” (I Reyes 8:62-63).

¿Qué pasó? ¿En qué momento se perdió el ungido de Dios, el escogido de Dios, el hombre más sabio de la humanidad?

¿Cómo cambio a Dios por sus ídolos? ¿Y qué del ídolo de sí mismo—700 esposas reinas y 300 concubinas? ¡Cómo es posible! Después de todos esos años de promesas hechas y promesas cumplidas, Dios mismo le apareció y le habló, prosperidad y paz en el reino, se desvió su corazón. Como consecuencia, todo estaba por perderse. Ahora en su vejez, Salomón lo sabía.

Salomón toma su pluma y empieza a escribir, “muestra la vanidad de las cosas que los humanos buscamos para felicidad, como la educación e influencia, placer sensual, honor y poder, riquezas y grandes posesiones. Después, describe la aflicción de espíritu que las acompaña. Aunque no podemos curar estas cosas de su vanidad, si podemos prevenir los problemas que nos dan al soltarnos de ellas, disfrutándolas cómodamente, pero poniendo bajas expectativas en ellas, descansando en la soberanía de Dios concerniente a todo evento, especialmente recordando a Dios en nuestra juventud, y continuando en el temor de Dios y su servicio todos nuestros días, con ojos al juicio que se acerca” (Henry, 1710).

Salomón nos muestra el resultado de descansar en nuestra sabiduría, y la inmensurable gracia de Dios de hacerlo sabio para justicia, para ser hecho justo. “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:12).

Bibliografía

Matthew Henry. (1710). Matthew Henry´s Commentary on the Whole Bible. Old Tappan, New Jersey: Flemming H. Revell Company.