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12:45 AM

5 de Agosto, 2016

En las ultimas 3:45 hrs comí, conversé, escarbé la profundidad de mi existencia para explicar algo que pudo haber sido contestado con polvo de la superficie, meticulosamente escogí los cantos con los que nos uniremos con mi iglesia local [familia] en adoración al Padre, y acabo de ver una porción de una película sobre el quebrantamiento desgarrador de la guerra, entre otras cosas triviales, y ahora estoy sin sueño, preguntándome: ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

¡Si los cristianos viviéramos como cristianos! Porque algo tengo claro después de casi 4 años de búsqueda: la vida no se trata de legado, libertad de algún tipo, placer, felicidad mundanal, religiosidad, o cualquier otra cosa debajo del sol. Se trata únicamente de mi condición para con Dios. Eso es todo. Eso es lo que me hace humano, diferenciándome del resto de la creación. Eso me condena o me justifica—haciéndome un pecador condenado o un hijo de Dios.

A veces pienso que pienso demasiado. ¿Por qué no seguir en una vida sencilla, sin ver más allá de mi nariz? No sé cuánto tiempo me ha estado persiguiendo esa pregunta: ¿Qué propósito tiene lo que hago? ¿Vale la pena?

Si bien es regalo de Dios poder gozarme del fruto de mis labores, hallar descanso, y vivir en un balance o armonía, sin afán en lo terrenal, hay una comisión que sacude mi piso como un terremoto.

Esa comisión es ir a todas las naciones, haciéndolos discípulos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que Cristo nos mandó. ¡Ay de aquellos que no sienten la tensión de entre lo vano y nuestro llamado! ¡Cuán dulce es servir la iglesia—el pueblo de Dios, la esposa del cordero! La paz y la seguridad en gloriar a Dios al escucharlo, al hablar con El, y al estar en comunión con su familia es incomprensible por el impío e inexplicable por el justificado. Poder ser vestido con la valentía de Gedeón, el atrevimiento de Zaqueo y la humillación de Saulo no se puede poner en palabras. ¿Por qué cambiamos eso por cosas tan vanas? Solo ruego que mi mente, alma y cuerpo se rinda continuamente a Cristo, que pueda tener su amor como una semilla de mostaza, pues sería suficiente para rebalsar e inundar el mundo, que pueda vivir libre de las cadenas de todo lo que está debajo del sol. Supongo que el más grande consuelo de esta tensión es saber que el Espíritu Santo testifica a mi conciencia que soy hijo de Dios y revuelve en mi alma las brasas de la esperanza viva.

¡Cristo, ven! ¡Cúmplase, Padre, hoy su voluntad! ¡Sea glorificado su nombre en su trono en el templo! ¡Santo, Santo, Santo! Me uno al apóstol Juan en la isla de Patmos, “Amén; sí, ven, Señor Jesús”.

01:10 AM

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