13 de Diciembre, 2016

10:53pm

Vengo de ver Snowden (2016) así que está corriendo por mis venas la sangre 007 todavía. Sin embargo, me hizo pensar en varias escenas. Para quien no sabe, Snowden, un hacker brillante que servía en altos niveles de inteligencia estadounidense, expuso las acciones masivas e inconstitucionales del gobierno estadounidense contra la privacidad y libertad de sus propios ciudadanos. “El mayor peligro es que nada cambie”, expresó en un par de ocasiones. Anthony Robbins explica que cuando sentís, por ejemplo, que cuando das dos pasos hacia adelante y tres para atrás es porque hay conflictos internos sin resolver. Desde que empecé mi ´peregrinaje´, uno de mis mayores conflictos internos ha sido entre el “arquitecto de su destino” y el “hijo del Dios Soberano”.

Por influencia de la lectura, conferencias, mentores y colegas, formé un paradigma de responsabilidad personal en su máxima expresión. No existe suerte, solo consecuencias. Soy el dueño de mis decisiones y, por tanto, el diseñador de mis resultados. Eventualmente, eso colisionó con mi rendición ante Dios—Santo, Creador y Soberano. Después de sumergirme en el océano de Su gracia, que hallamos en Romanos, esa colisión me dirigió hacia Eclesiastés. El Predicador, se cree que es el anciano rey Salomón, desnuda la vanidad de todo lo que está sobre la tierra y debajo del sol. Como quien desnuda al rey más majestuoso de sus capas de realeza hasta quedar un humano común y corriente. ¡Hasta la sabiduría misma resulta ser vana, según Salomón! Me di cuenta, que mientras soy responsable de mis acciones, en última instancia, no tengo control sobre cosa alguna. Aclaración: esto está siendo escrito por alguien que considera una falta grave usar a Dios como excusa para no cumplir con su responsabilidad personal.

Este es un tema sumamente extenso (y fascinante) así que voy a aterrizar por ahora.  Nos gusta pensar que tenemos el control. Incluso los que creemos que no tenemos el control caemos inadvertidamente, y más frecuentemente de lo que admitimos, en esa trampa. Siempre es bueno recapacitar o evaluar, ¿estoy asumiendo que tengo el control? ¿Realmente tengo el control? Eso nos lleva inevitablemente a levantar la mirada hacia quien, si tiene el control, mi Dios—el Creador Todopoderoso. Tener ese pensamiento en mente, es como estar navegando el océano y ser recogido por una corriente formidable. No hay ancla, ni vela, ni motor capaz de dominar semejante corriente. No obstante, es mi responsabilidad navegar dentro de esa corriente. Que gran consejo y cuán grande sabiduría en el salmo de David (Salmo 19:1, 12-14, RV1960):

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”, expresa maravillado. Para hacer esta humilde petición:

¿Quién podrá entender sus propios errores?

Líbrame de los que son ocultos.

Preserva también a tu siervo de las soberbias;

Que no se enseñoreen de mí;

Entonces seré integro, y estaré limpio de gran rebelión.

Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti,

Oh Jehová, roca mía, y redentor mío.

Algo me dice que la ilusión del control no es problema exclusivo al hombre de hoy. “Nada hay nuevo debajo del sol”, dijo su hijo Salomón.

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