Salmo 24:3-6 (RV1960)

¿Quién subirá al monte de Jehová?
¿Y quién estará en su lugar santo?

El limpio de manos y puro de corazón;
El que no ha elevado su alma a cosas vanas,
Ni jurado con engaño.

El recibirá bendición de Jehová,
Y justicia del Dios de salvación.

Tal es la generación de los que le buscan,
De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob. Selah

El predicador resaltó este punto: si David escribió este Salmo después de cometer su pecado con Betsabé y contra su esposo, entonces es imposible que el califique para subir al monte de Jehová y estar en su monte santo. ¿Acaso se podría llamar limpio de manos y puro de corazón? ¡Cometió adulterio y homicidio planificado!

Otra versión traduce la cuarta línea de este pasaje como: “el que no adora ídolos vanos, ni jura por dioses falsos” (NVI). “Elevar [mi] alma a cosas vanas” implica que algo ha tomado el lugar de Dios en mi vida, pues el centro de mi existencia debe ser Dios. Ser cristiano no es darle atención ocasional a Dios; ser cristiano es vivir centrado en Dios, que Él sea mi oxígeno y mi sangre, que su gloria se refleje en mi como los rayos del sol se reflejan sobre un diamante.

Bueno, tal vez David no califica como limpio, puro y libre de engaño, pero alguno podría decir que no ha cometido adulterio, ni fornicación, y mucho menos homicidio. Pero, ¿no fue Jesús que predicó en el Sermón del Monte (Mateo 5-7) diciendo que cualquiera que se enoje contra su hermano y le diga necio o fatuo esta “expuesto al infierno de fuego”? ¿No fue en ese mismo sermón que Jesús condenó el ver a otra persona con lujuria como equivalente al adulterio mismo? Y allí mismo Jesús condenó el responder mal con mal, llamándonos a responder mal con amor, para ser perfectos como el Padre e hijos de Dios. La venganza es elevar mi alma al orgullo, uno de los pecados que Cristo condenó sin restricción en sus enseñanzas. Y, ¿cuál es el mandamiento más grande de todos? Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

¿Quién no ha usurpado el lugar de Dios en su alma con deseos carnales, placer, familia, y cualquier otro ídolo? Pecamos por disposición, deseo y acción. El conoce los pensamientos más ocultos de nuestra mente. “¿Quién puede discernir sus propios errores? Absuélveme de los que me son ocultos”, rogó David en otro salmo (19). ¿Hay alguien que no es culpable de lujuria, ira, orgullo o idolatría en algún momento de su vida?

Imposible. Nadie califica. Ningún ser humano. ¿Entonces quien subirá al monte de Jehová para estar en su presencia? Y si nadie califica, ¿Quién podrá recibir la bendición y ser hecho justo? Y si no hay persona que cumpla ese rol, ¿entonces no existe tal generación de los que buscan a Dios?

¿Cómo podemos ser librados de las cadenas pesadas del pecado? —esas cadenas que nos someten a un castigo eterno por nuestra rebelión y a una separación eterna de Dios. Es decir, una muerte eterna—ausentes de la presencia de Dios. Nuestras manos están manchadas de sangre, nuestro corazón lleno de perversidades y nuestras acciones y palabras envenenadas por nuestra idolatría. ¿Será que no hay esperanza de reconciliarnos con el Dios Santo?

Para el rey David y para nosotros fue y es necesario un intercesor y mediador.

Jesús le explicó a Nicodemo, el líder religioso de los principales judíos, que lo buscó de noche para platicar, en busca de respuestas (Juan 3:13-15, RV1960):

Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.

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