En la última vez que nos encontramos nos confrontamos con algunas preguntas: ¿Si no hay una verdad, más grande que nosotros, que define lo que es y no es, como podemos definir nuestro valor como seres humanos y el valor de las demás personas? Si no hay una verdad de este tipo, existe un vacío. Y ese vacío naturalmente se llena, no permanece vacío. Las más grandes catástrofes humanitarias han ocurrido cuando un hombre enfermo por el poder aspira ocupar ese vacío. Y esto es tan relevante: es un tema de vida o muerte. Sino lo cree así, preguntémosle a los 72 millones que murieron por orden de Hitler, Stalin y Mao combinados. Pero bueno, como dijo Eichmann, “una muerte es una tragedia; un millón de muertes son una estadística”.

Piense en la última discusión que tuvo. Tal vez escuchó algo como:

 – “¿Como te gustaría que te hicieran lo mismo?”

– En un banco o evento: “¡Ese es mi puesto—yo llegue primero!”

– En la mesa del comedor: “Dame un poco de tu plato, que yo te di del mío.”

– En la mesa de negociación: “No seas así, vos me prometiste.”

 Esto es tan cotidiano, pero hay algo sumamente profundo ocurriendo aquí. Cuando discutimos, la persona que se queja o acusa está apoyándose sobre algo para tener el valor de señalar a la otra persona. Parece ser algún tipo de standard de comportamiento ideal. Y no es un standard que ocurre solo en la mente de esa persona, porque se acusa asumiendo que la otra persona también conoce este standard de comportamiento. Otro punto, y este me parece impactante, la otra persona muy rara vez descarta ese standard de comportamiento. Es decir, rara vez responden, “¡no me importa tu standard!”. Mas bien, la otra persona busca explicar y justificar que sus acciones de ninguna manera han violado ese standard para liberarse de la acusación.

Al parecer, ambas personas en la discusión tienen en mente algún tipo de ley o regla de comportamiento decente, un tipo de código moral, sobre la cual ambos están de acuerdo. Si no fuera así, ambos pelearían como animales, como perros y gatos. Una de las cosas que hace que una discusión sea una discusión es la necesidad de demostrar y corregir el error de la contraparte. Los animales no hacen eso. La discusión se inicia con el objetivo de rectificar. Rectificar implica encarrilar aquello que se descarriló. Para descarrilarse tienen que existir carriles primero. Dicho de otra manera, no habría sentido en decir que un futbolista cometió una falta sin antes estar de acuerdo con un conjunto de reglas. Esto es relevante porque si alguien no tiene un conocimiento y entendimiento de lo que es bueno o malo, aunque tengamos que corregirlos, no podemos culparles por sus acciones al igual que no podemos culparles por el color de su cabello.

Ahora, uno podría hacer la objeción que las diferentes civilizaciones en diferentes lugares y diferentes épocas han tenido códigos morales sumamente diferentes. Y eso puede ser totalmente cierto. Lo que no podemos aseverar es que han tenido moralidades totalmente diferentes. Al revisar los antiguos egipcios, babilonios, chinos, indios o romanos, nos sorprenderá cuanto se parecen y se parecen a nosotros en su código moral.  Para declarar que estos tenían una moralidad totalmente diferente tenemos que imaginar un país que recompensa a los soldados que huyen del campo batalla o que alabe que una persona engañe a las personas que más le aprecian. Para esa gracia también imaginemos un país donde dos más dos es igual a cinco. Tal vez variamos en opinión sobre quién debe recibir nuestra generosidad y amor incondicional. No obstante, yo no conozco de una cultura donde el egoísmo es admirado.

Entonces, creo que estamos obligados a creer en un verdadero Bien y Mal—un standard moral, que naturalmente buscamos cumplir y creemos que cuando alguien lo rompe, merece ser corregido y castigado. Por lo tanto, creo que debemos rechazar la noción de que cada uno puede hacer lo que le place o le parece bien.

Basado en el libro Mero Cristianismo por C. S. Lewis que es una colección de guiones de transmisiones radiales de Lewis por BBC Broadcasts entre 1942-1944.

Generaciones de Sombra
En algún lugar de Santa Barbara, Honduras. Foto: Samuel Ceballos.
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